Lo cierto es que vivimos en un mundo como extraviado, una sociedad como desengañada que en gran medida ha dejado de creer y que mayoritariamente anhela poder satisfacer sus necesidades de consumo para vivir o sobrevivir en medio del predominante e imperativo entorno consumista que le somete y condiciona sin posible escapatoria. Ya se ha perdido la fe, la religión por ejemplo, tras la paulatina caída del monopolio del catolicismo y de todo cristianismo institucional como aliado infalible del poder político-económico y militar, ha dejado de ser desde todos los credos existentes desde oriente hasta occidente, una fuente de verdad y de filosofías de vida atractivas y convincentes a las mayorías, para convertirse en un sucio negocio, una lamentable oferta de terapia psico-social en la que cada credo promueve sus fundamentos doctrinales buscando conservar o acrecentar su “clientela o feligresía”, desde lo que se busca realmente recaudar dinero y bienes que aseguren el predominio...
A la hora del descanso y el entretenimiento que es lo que más ocupa el tiempo de las mayorías en estos postreros tiempos, no cabe duda de que cada quien toma lo suyo, aquello de su preferencia, unos optan por la televisión o plataformas de películas y series, otros por las plataformas de música y podcast y otros por la lectura, estos últimos sin embargo, parece que ya están en vía de extinción. Unos dicen que la televisión embrutece, y es cierto, puesto que como se puede notar la mayoría de sus contenidos son como planeados para entontecer progresivamente a las masas, otros dicen que la música que escuchamos con las identidades que promueve termina por afectar la personalidad y otros, los más pretenciosos simuladores de cultura y status, dicen que la lectura es lo máximo ya que genera mayores conexiones neuronales que los otros hábitos de entretenimiento. Lo cierto sin embargo, es que toda experiencia humana de aprendizaje y enfrentarse a algo nuevo, sea contenido de cualquier tipo o...